La batalla por el sentido y el fenómeno Podemos (parte 1)

 

Erik el-B. – Colectivo Brumario

El presente ensayo fue escrito hace varios meses, pero la sensación tramposa de cambio permanente y el bombardeo de noticias hicieron que no fuera publicado en su momento. Es una aproximación a los conceptos metafóricos presentes en el discurso del partido político Podemos. El grueso del análisis se dividirá en tres bloques, cada uno de los cuales parte de categorías empleadas por el lingüista norteamericano George Lakoff: “la política como edificio”, “la política como juego” y “la política como guerra”. Los bloques están organizados por orden cronológico, y es precisamente ahí donde reside la hipótesis de trabajo. Si bien no sería riguroso asociar cada una de las tres metáforas conceptuales con un período perfectamente acotado, como veremos sí parece existir cierta lógica secuencial derivada de la lectura táctica que hace Podemos de cada uno de los escenarios.

  1. El primer bloque abarca desde las primeras apariciones de Pablo Iglesias en televisión a la presentación oficial de Podemos en el Teatro del Barrio de Lavapiés. El título de este primer bloque es: “La política es un edificio: capital mediático originario y resonancia en las redes sociales”. En este período el ciclo de movilización tiene protagonismo y las intervenciones principalmente traducen el conflicto.

  2. El segundo bloque abarca aproximadamente el año 2014; hasta la aparición fuera del territorio catalán de Ciudadanos. El título del bloque es: “La política es un juego: irrupción plebeya en Vista Alegre y forma-tertulia”. Aquí elementos como la capacidad efectiva de resignificación juegan un papel fundamental.

  3. El tercer y último bloque termina aproximadamente con las elecciones catalanas de septiembre de 2015. El título es: “La política es una batalla: de la guerra relámpago al enfangamiento”. La erosión del efecto novedad y la disputa por el reparto de posiciones parecen ser los elementos característicos de ese período.


La política es un edificio: capital mediático originario y resonancia en las redes sociales

Paso a paso, un tertuliano de izquierdas poco convencional fue evolucionando hasta convertirse en un referente de las insatisfacciones sociopolíticas derivadas de la crisis.

Pablo Iglesias. Entender Podemos. New Left Review, 2015.

Pablo Iglesias fue indiscutiblemente quien más capital mediático acumuló antes de enero de 2014, no sólo en TeleK e HispanTV, sino fundamentalmente en las tertulias derechistas de 13TV e Intereconomía. La situación económica que atravesaba este último canal obligó a repensar la tertulia de El Gato al Agua, invitando a perfiles controvertidos que sirvieran de incentivo para la audiencia. Así lo expresó con cierta ironía Fernando Díaz Villanueva en Dando Caña: “siempre que tengas que discutir ten a un marxista delante que al menos te viene leído”.

En esas primeras apariciones, que se nutren de la experiencia en comunicación política adquirida entorno a TeleK, se entrevé parte importante de la formación discursiva que caracteriza al partido. Comienza a librarse la disputa de significantes tales como patria, democracia y soberanía: “no tienen más patria que sus cuentas corrientes”, “ser patriota no es llevar una pulsera rojigualda sino defender los servicios públicos”, “ser demócrata no es tener el dinero en paraísos fiscales sino defender la soberanía”. Podríamos considerar estos elementos como “significantes privilegiados, hegemónicos, que estructuran, como puntos nodales, el conjunto de la formación discursiva” (Laclau, 2005 : 107). Asimismo, emerge discursivamente el concepto de casta que opera de exterior constitutivo de la gente normal o la gente decente, siendo capaz de activar el imaginario de la corrupción. Se trataría aquí de “la formación de una frontera interna antagónica separando el pueblo del poder” (Laclau, 2005 : 99).

Podría acotarse esta fase de acumulación de capital mediático entre el 25 de abril de 2013 y el 17 de enero de 2014. Esto es, entre las primeras intervenciones regulares de Pablo Iglesias en El Gato al Agua y la presentación de Podemos en el Teatro del Barrio de Lavapiés.

Se trata de un contexto marcado por la herencia reciente del ciclo de movilizaciones del 15 de mayo de 2011. Elementos como la horizontalidad, la desconfianza con respecto a la política institucional, los liderazgos y los medios de comunicación tradicionales habían adquirido cierta centralidad en los círculos activistas. En paralelo, se estaba generalizando una sensación de pérdida progresiva de la capacidad agregadora originaria del 15M. Conceptos metafóricos como el “techo de cristal” o el “impasse” de los movimientos sociales comenzaban a circular en discusiones que tenían lugar principalmente en las redes sociales y que afectaban a segmentos sociales muy localizados.

Es precisamente en este caldo de cultivo y con estos materiales, donde se fraguan las dos metáforas que mejor sintetizan esta primera fase previa al surgimiento de Podemos, y que abordaremos más adelante: “crisis de régimen” y “ventana de oportunidad”. Se dirigen en mayor o menor medida a quienes simpatizan con el ciclo de movilizaciones porque, a pesar de las intervenciones “estilo Tuerka” en Intereconomía y 13TV, los únicos anclajes sólidos disponibles seguían estando vinculados al activismo. En este período la disputa efectiva de los significantes cobra sentido, principalmente, a través del feedback de unas redes sociales que difunden fragmentos de pocos minutos a modo de highlights.

La comunidad que se genera en las redes sociales alrededor de las intervenciones de Pablo Iglesias “cruzando las líneas enemigas”, seguía estando muy vinculada a los segmentos sociales y círculos activistas anteriormente mencionados. Por tanto, los contenidos ideológicos de las intervenciones, a pesar de existir ya una tensión entre ambos elementos, parecen tener más que ver con los espacios de autorreferencialidad de la izquierda que con una suerte de transversalidad social.

El programa El Gato al Agua del 17 de julio ofrece un ejemplo. Pablo Iglesias entra a confrontar en unos términos que si bien son historiográficamente solventes, revelarían cierta ingenuidad política al haber servido en los últimos años de pegamento entre la sociedad civil y el establishment. Dice en sus intervenciones: “el Estado no pone bombas a los violadores, ni pone bombas a los asesinos, pone bombas a sus enemigos políticos” en relación a las declaraciones de Felipe González sobre los GAL. O bien, “¿qué es hablar de política en este momento? Convencer a los ciudadanos de que, o meten miedo, hacen que sientan en sus propias carnes el miedo a la democracia los ricos que la tienen secuestrada como una casta mafiosa, o este país no tiene solución”, en relación a la conquista de derechos sociales. En la misma tertulia pueden rastrearse intervenciones semejantes sobre la cuestión independentista y la bandera española.

Conviene hacer aquí una precisión: la elección de los contenidos generales corre a cargo, recordémoslo, de una cadena caracterizada por la defensa sin complejos de posiciones derechistas. Como ocurriría con cualquier otra cadena de televisión privada, es probable que su objetivo prioritario no fuese el de la pluralidad informativa sino el de reafirmar las lealtades ideológicas y mediáticas de su audiencia. Los términos del debate, por tanto, hacían complicada la comprensión en otros términos que los identitarios. Ahora bien, resulta evidente que en los cara a cara entre Pablo Iglesias y Fernando Paz sobre el franquismo y la transición, sobre la asignatura de religión, sobre el material antidisturbios, o entre el historiador y Juan Carlos Monedero sobre el fascismo, éstos no sólo son invitados en calidad de tertulianos de izquierda sino que parecen ejercer inequívocamente de ello.

En realidad, en la mayoría de los casos eran invitados para debatir y posicionarse en relación a los conflictos que se habían abierto. Es el caso de los escraches, de la manifestación del 25A, de las expropiaciones del Sindicato Andaluz de Trabajadores, de la huelga estudiantil o de la huelga de limpieza de Madrid. En el caso concreto de los escraches se empleó el concepto metafórico del “jarabe democrático” para referirse a un fenómeno que demostró enorme capacidad agregadora en torno al conflicto y de simplificación del espacio político. La demostración más palpable queda recogida en la intervención de Rafa Mayoral en El Gran Debate de Telecinco el 23 de marzo; que frente a 1.838.000 espectadores y entre aplausos del público, habló de “gente armada” para referirse a la Policía Nacional, de “violencia estructural” para referirse a los procedimientos de ejecución hipotecaria, y de los escraches como “gritos de las víctimas”.

GENTE

DEMOCRACIA

SOBERANÍA

CASTA

CORRUPCIÓN

AUSTERIDAD

1.1) Crisis de régimen y ventana de oportunidad

Son dos conceptos metafóricos que constituyen las hipótesis-fuerza que dan origen a Podemos. Para el equipo promotor, al menos para parte de él, la crisis de régimen es la expresión política concreta de una crisis orgánica, esto es de la crisis de hegemonía de las élites derivada de la coyuntura histórica. Asimismo, la ventana de oportunidad hace referencia a la estructura de oportunidad política que abre el ciclo de movilizaciones iniciado el 15 de mayo de 2011 y que debía dar paso “al momento de la audacia” (Iglesias, 2015 : 19).

Se trata de dos conceptos metafóricos que encierran un interés analítico pero también discursivo. Independientemente de que pueda resultar estimulante debatir en términos teóricos sobre la definición de régimen, la profundidad de su aparente crisis de hegemonía, los márgenes reales de actuación, el papel protagónico o subalterno de la movilización popular, etc., lo importante aquí es su funcionalidad como operadores de discurso. El interés de interpretarlos conjuntamente una vez haber tratado de definirlos de forma particular es precisamente que, como operadores de discurso, se necesitan para dar coherencia interna a la formación discursiva.

En este sentido, lo que nos interesa es ver de qué forma sirvieron las metáforas de la “crisis de régimen” y la “ventana de oportunidad” respectivamente, para reforzar determinadas hipótesis que estaban sobre la mesa en ese momento en detrimento de otras que quedaron fuera de los términos generales de la discusión. Ayudaron a construir un marco de cambio de ciclo basado en: 1) que el derrumbe del bipartidismo era inminente y definitivo, 2) que el ciclo social tenía que pasar el testigo al ciclo político. Este marco de cambio de ciclo queda claramente expresado en el manifiesto “Mover ficha: convertir la indignación en cambio político”.


La política es un juego: irrupción plebeya en Vista Alegre y forma-tertulia

Me la voy a jugar como hago muchas veces (…). Yo creo que estamos en una como esa, en la que podemos ganar a los Estados Unidos. Lo tenemos muy difícil y por eso no nos podemos equivocar. Por eso tenemos que estar como Aíto pidiendo los tiempos muertos justos, no podemos fallar ni un triple, tenemos que hacer los cambios que hay que hacer en cada momento, no nos podemos cargar de personales porque podemos ganar el partido. No nos conformamos con haber llegado hasta aquí, no nos conformamos con quedar los segundos en las elecciones generales, salimos a ganar y de eso tienen miedo.

Discurso de apertura de Pablo Iglesias en la Asamblea Ciudadana Sí Se Puede.

 

Decíamos que la política como edificio explicaba mejor que otras metáforas conceptuales la formación discursiva de Podemos en su fase germinal. En ningún caso significa que haya dejado de operar esta concepción en intervenciones posteriores. De hecho, observamos que todo el discurso de Íñigo Errejón está permeado no ya por el lenguaje metafórico, sino particularmente por la concepción metafórica de la política como edificio. Así queda reflejado en su primera intervención el domingo 19 en la Asamblea Ciudadana: “una pequeña sacudida sirvió para demostrar que el edificio está débil y se tambalea”, “estamos ante una ventana de oportunidad histórica que no podemos desaprovechar”, “tenemos también que construir un pueblo”.

Ahora bien, en este período la metáfora conceptual “la política es un juego” comienza a aparecer de forma sistemática. La entradilla de este apartado, que hace referencia al discurso de apertura de la Asamblea Ciudadana, ofrece probablemente un ejemplo paradigmático con la analogía entre la coyuntura política y la final de baloncesto de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. En esa intervención, dijo Pablo Iglesias: “estamos aquí para ganar”, “nos estamos jugando un país”, “nos querían hacer jugar en un tablero en el que todo el pescado está vendido, en el que las cartas están repartidas”, “nosotros queremos ocupar la centralidad del tablero”.

Decir que el empleo de “la política es un juego” no es arbitrario sino que responde una estrategia político-discursiva concreta no implica juicio de valor alguno. Dicha estrategia se fundamenta en la teorización de que habría un momento populista que aprovechar articulando un sujeto nuevo con los nuevos elementos surgidos de la coyuntura de crisis de régimen. Así, la política como juego trataría de activar imaginarios colectivos cuyos anclajes no estuvieran en la liturgia de la izquierda y su derrota histórica (Anderson, 2001 : 14), sino en los consensos sociales hegemónicos.

El recurso a dos deportes de masas con enorme crédito social como son el fútbol y el baloncesto, constituiría entonces un intento de repolitización de las pasiones que operaría precisamente en esa dirección. Que esta operación produzca efectos reales no depende estrictamente de la voluntad del emisor o de la reiteración del mensaje, sino de las condiciones de posibilidad del momento populista. El significante de patria, por ejemplo, demostró menor capacidad de implantación que “la gente” como exterior constitutivo de la casta. El margen de maniobra de la batalla por el sentido dependerá entonces del grado de pérdida de hegemonía que haya generado la crisis orgánica en las élites y de la porosidad de sus dispositivos de producción ideológica.

Después de Vista Alegre, las encuestas de Metroscopia y posteriormente del CIS dibujaban un escenario de cambio que podía ser fulminante. En medio del escándalo de las tarjetas opacas de Caja Madrid y en los primeros días de la crisis del ébola, se abría la perspectiva no ya de “sorpasso” al Partido Socialista sino incluso de llegada al gobierno en un solo acto.

Con un contexto tan favorable, las propuestas políticas constituían un terreno sobreideologizado que prácticamente convenía evitar; porque allí se concentraban la mayoría de golpes del adversario. Las críticas a Podemos por falta de programa daban paso a críticas por plantear uno irrealizable, lo cual fue particularmente claro en la cuestión de la renta básica y sus distintas formulaciones. En las tertulias, estos elementos de disputa política fueron desplazados progresivamente al terreno del saber experto de algunos economistas. Es el caso de las llamadas “pizarras económicas” de La Sexta Noche con José Carlos Díez y Gonzalo Bernardos desde posiciones socialdemócratas, Daniel Lacalle desde posiciones neoliberales y de Juan Torres, cuya tarea fue hacer una defensa de los planteamientos económicos que presentaba Podemos.

Con la combinación del ascenso meteórico en las encuestas y el blitz mediático, había condiciones para pensar que el eje ideológico tradicional izquierda-derecha podía estar reculando ante la emergencia de un eje soberanía-austeridad. 1) Podemos no competía aún con Ciudadanos en el campo de la regeneración política, por lo que se beneficiaba de buena parte del malestar social derivado del tratamiento mediático de la corrupción. 2) El discurso de la regeneración y la marca Podemos no habían sido afectados aún por los casos Errejón, Monedero y colateralmente Zapata. 3) El discurso de la emergencia social no se había topado con el frame de la recuperación macro-económica; concebida unánimemente como paso previo a la mejora en las condiciones de vida.

Asistimos en este período al reforzamiento del vínculo entre lealtades políticas y mediáticas, condensado en el éxito rotundo de la forma-tertulia. Si algo caracteriza este período desde el punto de vista de las formas discursivas de Podemos es su mayor adecuación al lenguaje audiovisual: respuestas cortas que operan como titulares informativos y argumentarios pegadizos que difícilmente puedan sacarse de contexto. Esto ocurre porque cierta profundidad en el análisis político podía servir al adversario para resituar el discurso en la radicalidad, lo cual se traducía tácticamente en debilidad. Una operación de este tipo la encontramos con la polémica surgida en torno a las declaraciones de Juan Carlos Monedero sobre el “Informe Navajas”; en que los portavoces de Podemos se ven obligados a encarar una cuestión que probablemente habrían querido evitar.

Llegados a este punto sería interesante proponer la hipótesis siguiente: si bien parece innegable que la participación en tertulias y entrevistas conlleva la adecuación del discurso a una serie de códigos que son ciertamente preexistentes; estas dinámicas pueden haberse visto reforzadas por la progresiva traducción en audiencia del ciclo de movilizaciones. Así, perder el pulso de “la expresión social de la crisis orgánica” (Iglesias, 2015:16) podría haber producido un estrechamiento de las posibilidades de intervención, por ejemplo, de sectores y liderazgos plebeyos que rara vez son considerados aptos para el debate político.

Ahora bien, es de justicia señalar que el protagonismo en el debate político español de los argumentarios de clase media es con mucho anterior a la aparición de Podemos. El ciclo de movilización que arranca el 15 de mayo de 2011 se leyó de hecho como la indignación de una juventud universitaria cuyas expectativas de clase se habían visto frustradas y cuya única salida era la inmigración a otros países europeos. La presencia amable en medios de comunicación como El País Semanal de “la generación más preparada” conseguía establecer la creencia empíricamente falsa de que la clase media era la más castigada por la crisis, eclipsando al resto de sectores populares.

Entretanto, el liderazgo mediático de Pablo Iglesias se mantiene, pero va asociándose progresivamente la marca Podemos con otras caras visibles como Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Miguel Urbán, Pablo Echenique o Teresa Rodríguez.

2.1) Centralidad del tablero

Se trata un concepto metafórico que adquiere relevancia pública en el discurso de apertura de la Asamblea Ciudadana Sí se Puede. A partir de ahí, comienza a generalizarse en los medios de comunicación una interpretación del concepto que lo asimila al centro ideológico de la geografía izquierda-derecha: Podemos estaría tratando de moderar su discurso para captar el voto sociológico del Partido Socialista. Efectivamente el “sorpasso” al Partido Socialista era condición necesaria para ocupar una centralidad vinculada desde la Transición al espacio del centro-izquierda, pero su homologación con el centro ideológico no da cuentas de la complejidad del momento histórico.

Según la lectura de Podemos, estaríamos ante un estrechamiento de la capacidad socialdemócrata de diferenciar sus propuestas de aquellas conservadoras. Lo cual tiene su concreción en la reforma conjunta del artículo 135 de la Constitución, el llamamiento de Felipe González a la Grosse Koalition, la investidura de Jean-Claude Juncker como presidente del Eurogrupo, etc. Habría así un espacio asociado con la soberanía, la redistribución y los derechos sociales al que la socialdemocracia habría renunciado y que puede ser recuperado por una fuerza política nueva. En condiciones de crisis, este vacío abre una posibilidad populista que explica la emergencia de partidos como Syriza o el Frente Nacional. La crisis de legitimidad abre por tanto la posibilidad de conformar una mayoría social asentada sobre otras bases, que atraviese las identidades y lealtades preexistentes. En función del contenido con que se rellene esta posibilidad o este vacío, estaremos frente a un proyecto político u otro.

El caso griego es importante en este sentido. Un ciclo de movilización particularmente fuerte revela una crisis orgánica de la oligarquía nacional, identificada en la alternancia entre el centro-izquierda y el centro-derecha. Todavía sin expresión electoral clara, elementos como el rechazo a la austeridad van desplazándose progresivamente al campo del sentido común y de la intuición mayoritaria. En paralelo y especialmente entre las capas medias empobrecidas, va cobrando relevancia el componente de humillación nacional y de subalternidad en la Unión Europea.

En este contexto, Syriza recoge dichos elementos y los articula en un relato nacional-popular que plantea el cambio político en unas coordenadas comprensibles y deseables, frente a la posición de otras formaciones como el KKE. Únicamente mediante la geografía de izquierda y derecha no sería comprensible que tras la firma de un nuevo memorándum Syriza mantenga importantes apoyos; o que un partido de nombre “izquierda radical” pacte con la derecha soberanista de ANEL. Esto se explica por el desplazamiento de la centralidad política y la dilapidación de las bases materiales que sostenían el consenso anterior.


La política es una batalla: de la guerra relámpago al enfangamiento

Parafraseando una vieja metáfora militar a la que tanto nos acostumbró Antonio Gramsci, la dirección de Podemos se lanzó a una guerra de maniobra que rápidamente se convirtió en una guerra relámpago. Hubo quien vio ya a Moscú en el horizonte. Pasada la sorpresa, el poder, los poderes, reaccionaron al modo de los generales rusos, dejar que Podemos avanzase resistiendo ordenadamente para oponerles finalmente un fuerte muro defensivo y pasar resueltamente al contraataque. La contraofensiva hace tiempo que comenzó, ahora estamos viendo sus consecuencias.

Manolo Monereo, Podemos y la táctica de los generales Rusos. Cuarto Poder, 2015.

Siempre es importante recordar que la disputa política y por extensión, el discurso político, no están caracterizados por la coherencia y la certidumbre, sino por estar estrechamente vinculados a un contexto indefinido de antemano. Decir entonces que en el discurso de Podemos se intuyen tres momentos diferenciados: el de la construcción colectiva, el de la posibilidad de ganar y el de la batalla; significa que esos tres momentos tienen su correlato en la coyuntura política, o al menos en la lectura que se hace internamente de la coyuntura política. En este sentido, podríamos situar el tercer momento en enero de 2015 “año del cambio”.

Se trata de un contexto que parece estar marcado por el estrechamiento de las posibilidades de resignificación, por la sobreexposición mediática de la “mejora macroeconómica” y por la progresiva erosión de la “ambigüedad ideológica necesaria” (Laclau, 2005 : 140). Además de otros elementos como:

  • La aparición fuera de Cataluña de Ciudadanos, un partido capaz de moverse con soltura en el campo de la regeneración política. Paradójicamente, la emergencia de la nueva política como espacio simbólico específico, aprehensible al margen de la cuestión social, es el resultado del intento de Podemos de agregar entorno a sí a aquellos segmentos sociales a los cuales no seducía la retórica anti-austeritaria. Pero el aparente ascenso meteórico de Ciudadanos no perjudica a Podemos tanto por quitarle votos como por redirigir el campo de la regeneración al eje ideológico tradicional. Basándose en dos de los activos principales de la marca Podemos, a saber, la transversalidad y la regeneración del sistema político, Ciudadanos se presentaba como la opción de cambio en unas coordenadas de moderación, no traumáticas, no radicales. Así, con un mismo movimiento desplazaba a su oponente y ocupaba su lugar.

    El éxito o fracaso de la operación no debía medirse en términos partidistas, esto es, haciendo un recuento de los beneficios obtenidos por la formación de Albert Rivera, sino en términos de recomposición general del régimen. En este sentido, puede decirse tanto a través de la metáfora conceptual “la política es un juego” como “la política es una batalla”, que la operación resultó en una nueva sacudida del tablero, o si se prefiere en una reconfiguración del campo de batalla en un sentido desfavorable para la estrategia populista. Frente a la dicotomización del escenario político fundamental para llevarla a cabo, parecería que la coyuntura había producido dos líneas de fractura o demarcación. La primera redirige a la geografía izquierda-derecha, y por tanto al eje ideológico tradicional, y la segunda, nueva y vieja política, sienta las bases para un recambio de élites.


  • En el caso del Partido Socialista, la jugada combinó hábilmente la radicalización del discurso frente a la austeridad y una política de pactos en las elecciones autonómicas y municipales que le presenta como fuerza política con responsabilidad de Estado. Conviene rastrear los elementos que han conducido al Partido Socialista a ser percibido de nuevo por mucha gente como sustancialmente diferente al Partido Popular. Con el protagonismo del ciclo largo electoral parece haberse perdido parte de la tensión destituyente que simplificaba el campo político en las metáforas de arriba y abajo; dando paso a un escenario complejo de partidos, candidaturas y alianzas. Así, nociones como casta perdían virulencia y el capital en respetabilidad del Partido Socialista le permitía moverse con más soltura que antes en el terreno donde estaba llamado a moverse Podemos.

    Consciente de que, probablemente, el Partido Socialista siga siendo la cabeza más lucida del establishment, la dirección ideológica de Podemos parecía estar apostando por potenciar los elementos de diferenciación. Pierden progresivamente peso determinados elementos discursivos de inclusión de sectores sociales medios que sí lo tenían en el período anterior. Esto es especialmente claro en la segunda parada de la Ruta del Cambio, durante la intervención de Pablo Iglesias en Badalona: “Lo importante en política no son los símbolos, es la clase a la que defiendes, y yo tengo muy claro a qué clase defendemos en Podemos, a las clase populares”.

    Esto es, se apuesta por un discurso de visibilización de los efectos sociales de la crisis, al tiempo que busca desmarcarse del marco perdedor de la confluencia/unidad popular que estaba centrando la atención de los medios de comunicación. Fue especialmente creativa desde el punto de vista de la producción metafórica la intervención de Iglesias sobre Alberto Garzón en Al Rojo Vivo: “hay mochilas que le pueden a uno hundir”.


  • Un goteo constante de noticias y declaraciones pusieron a Podemos a hablar exclusivamente de sí mismo: el caso Monedero, el caso Errejón, colateralmente el caso Zapata, la división interna, la confluencia de izquierdas, etc. A pesar de los buenos resultados en las elecciones municipales y autonómicas, algunos de los espacios naturales de Podemos como son la televisión y las encuestas electorales parecían estar neutralizando la posibilidad del blitz en las elecciones generales.


  • La vinculación automática entre Podemos y el nuevo gobierno griego de Syriza comienza a pasar factura durante las negociaciones en el Eurogrupo, pero especialmente tras la firma del nuevo memorándum. Desde la victoria de Syriza en enero, cada elemento de la crisis griega tiene una réplica en el debate político español. En la televisión encontramos por ejemplo que El Objetivo de la Sexta emite dos programas completos sobre las elecciones griegas y el referéndum, y Salvados emite otros dos programas sobre las reuniones en el Eurogrupo y Varoufakis.

3.1) El invierno ruso y la maniobra de cerco

Para explicar la disputa política hegemónica, Íñigo Errejón emplea en la Universidad de Verano de Podemos la metáfora de los dos precipicios. De un lado, el precipicio del sectarismo, que opta por articular un proyecto histórico que excluye a todos aquellos sectores que, de formar parte, podrían desdibujarlo. Del otro, el precipicio del pragmatismo que únicamente opera desde el sentido dominante y está dispuesto a incluir en un proyecto histórico a todos los sectores incluso al precio de ser, de facto, idéntico a su adversario. En esa tensión entre la afirmación y la apertura que representa la naturaleza mestiza de la hegemonía, parece aceptarse que la posibilidad de apertura estaba limitada en aquel momento por el bloqueo que imponía el adversario.

Por tanto, el carácter eminentemente defensivo de este período no puede sino producir un tipo de metáforas cuyo origen hay que buscar en los lugares de repliegue y debate interno de la dirección ideológica de Podemos. Comienza a sentirse la necesidad de pensar el ciclo político bajo dos lógicas diferenciadas: la primera como batalla cotidiana disputada con los ritmos y la agenda que marca el adversario, la segunda como batalla cultural prolongada, destinada a convertir en sentido común las posiciones más avanzadas de un bloque histórico nuevo. En la presentación del Instituto 25M el 28 de abril, Íñigo Errejón se refiere también a la teoría de los dos carriles.

El mes de mayo es particularmente importante en este segundo sentido: durante tres días consecutivos se publican tres artículos que necesitan acudir a la teoría gramsciana de la hegemonía y por tanto, a metáforas fundamentalmente bélicas para explicar la coyuntura. “Podemos y la táctica de los generales rusos” de Manolo Monereo (Cuarto Poder), “Podemos: debates y lecciones” de Miguel Urbán (Público), y “Guerra de trincheras y estrategia electoral” de Pablo Iglesias (Público). Es complicado encontrar este tipo de metáforas en intervenciones televisivas; cuando aparecen en formato audiovisual lo hacen en espacios de reflexión menos masivos. En la entrevista a Julio Anguita en La Tuerka, Pablo Iglesias describe el nuevo escenario recurriendo a la metáfora del “invierno ruso” al tiempo que se hace palpable el tránsito de “la política es un juego” a “la política es una guerra”:

Durante mucho tiempo en la televisión jugábamos muy bien. Éramos capaces de convertirnos en los que dicen las verdades, en los que tienen un estilo plebeyo diferente, en los que son capaces de decir cosas y de señalar claramente al enemigo (…) ahora estamos en otro momento. Ponemos siempre la metáfora del invierno ruso. Te dejan avanzar hacia Rusia pero cuando llega el invierno te dicen: ahora vas a tener que pasar un invierno en el fango con hielo y con nieve.

Las metáforas del invierno ruso y la maniobra de cerco remiten de nuevo a Antonio Gramsci. Describen la estrategia actual del adversario y el cambio de escenario que consigue imponer. El bloque de poder no estaría ya confrontando en los espacios simbólicos que hicieron posible la blitzkrieg. A pesar de un calendario electoral asociado forzosamente a la guerra de movimientos, el adversario habría cavado una trinchera inaugurando así la guerra de posiciones, esto es, la lucha por la hegemonía.

Según esta lectura, el adversario estaría encerrando a Podemos a hablar de sí mismo obligándole a un repliegue táctico que aprovecharon en un primer momento Ciudadanos y a continuación el Partido Socialista. Pero la maniobra de cerco se estaría manifestando además como intento renovado de enclaustrar a Podemos en un espacio ideológico concreto y cortar así la imperiosa necesidad de apertura, que es precisamente la condición de posibilidad de la hegemonía. Con el objetivo de resistirse a una configuración del espacio político que no permite más que revalidar la derrota histórica (Anderson, 2001 : 14) y desperdiciar los ingredientes nuevos del 15M como catalizador de las frustraciones de una clase media en crisis, dice el secretario político de Podemos en el acto de clausura del Foro por el Cambio:

¿No vais a volver al margen izquierdo del tablero? ¿No vais a hacer una sopa de siglas? ¿No vais a volver a juntaros entre los que pensáis igual? No es ese el camino para una mayoría popular nueva en España. Lo saben nuestros adversarios y por eso nos quieren colocar ahí. Nuestra seña de identidad ha sido siempre ser capaces de evitar las maniobras de cerco donde nos querían tener nuestros adversarios.


Bibliografía

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