El fracaso como forma política

Victor T. – Colectivo Brumario

Dice Maurice Brinton en su prólogo al libro de Phil Mailer Portugal: ¿la revolución imposible? que, “en futuros levantamientos, las tradiciones revolucionarias serán parte del problema y no de la solución.” Y sin embargo, aquí nos vemos, tratando de emular derrotas pasadas intentando cambiar aquello que la convirtió en derrota. No es solo la socialdemocracia o la corriente institucional que afirma venir de los movimientos sociales la que recorre caminos ya trillados. Esta suele ser la tónica general también en aquellos movimientos que quedan fuera de lo institucional, incluso aunque aspiren a ocuparlo, englobando así un amplísimo espectro ideológico y multitud de horizontes distintos. Y parece ser, a día de hoy, uno de sus grandes lastres.

El conocimiento histórico nos aporta una valiosísima herramienta cuya utilidad reside fundamentalmente en advertirnos de los errores del pasado. Pero la mirada atrás sería incompleta si no ubicásemos esos errores o aciertos en un contexto determinado, que es precisamente lo que da sentido a cada una de esas acciones. Esto, que suena lógico, no parece haber sido aceptado por las distintas corrientes libertarias, comunistas o antagonistas en general, obcecadas en muchos casos en mantener líneas de pensamiento y acción, conceptos, formas comunicativas y, en fin, formas de actuar que ya emplearon quienes constituyen su referencia. Es decir, no se realiza un ejercicio de imaginación que sea capaz de proyectar nuevas formas para las condiciones actuales y siempre distintas a las pasadas. La repetición de estrategias en condiciones diferentes con la esperanza de que, por alguna razón, estas coincidan como si fuesen piezas de un puzle con las que se va probando hasta que encajan muestra esta carencia imaginativa.

Tenemos ante nosotros un momento crucial de recomposición del capitalismo a todos los niveles, una crisis ecológica que amenaza con sepultarnos en menos de 100 años, mujeres siendo asesinadas por hombres prácticamente a diario, y la oportunidad de dar un paso adelante y ofrecer una respuesta a todo esto que no incluya el capitalismo, el Estado, la jerarquía o la desigualdad. Bien es verdad que en algunos casos se están dando pasos en la dirección correcta, a través del trabajo práctico, cotidiano y que pretende superar esas barreras endogámicas y autoimpuestas que llamamos gueto político. Ejemplos serían, por mencionar algunos, el Banc Expropiat de Gràcia o la FAGC. Sin embargo, también es verdad que en otros tantos, el inmovilismo es doctrina y se refleja en campañas de abstención intimidantes y/o faltas de estrategia, actitudes condescendientes o de rechazo para con la población no interesada habitualmente por la política, o sencillamente en pretender hacer de una forma de vida underground o contracultural algo con incidencia política.

Tenemos que decidir, entonces, si nuestra actividad debe ir enfocada a construir una alternativa viable al estado actual de las cosas o si lo que queremos es hacernos con un pequeño espacio de este para vivir a nuestra manera. Si escogemos la segunda opción, con seguir en la línea de lo último mencionado en el anterior párrafo, todo perfecto. Pero de lo contrario, si nuestra opción es la primera, lo que toca es abrirse las contradicciones, entrar con decisión en el fango de la realidad y plantear nuestra acción y pensamiento partiendo de las condiciones del momento actual.

No es objetivo de este texto trazar un mapa a seguir para llegar a la emancipación, pues aquellas experiencias que han iniciado este camino nos enseñan que tal mapa no puede existir. Que solo mediante la confrontación con nuestra realidad cercana al tiempo que mantenemos el horizonte de la superación del orden actual es como podremos encontrar la manera de seguir avanzando. Y que es nuestra teoría la que tendrá que adaptarse a la realidad y no al contrario, si no queremos encontrarnos predicando en el desierto. De hecho, si la teoría revolucionaria tiene algún valor, este es principalmente el ser capaces de extraer lecciones del pasado para comprender el presente y preparar el futuro. Superar el miedo a las contradicciones, al no tener claro qué hacer, a la duda, a lo ajeno, a asumir riesgos, debería formar parte también de las reflexiones de quienes en algún momento quieran ser parte de un movimiento revolucionario. Y es que sin estos miedos no se entiende el aislamiento al que se someten gran cantidad de grupos o colectivos que terminan en el autoconsumo.

Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, uno no quiere ser cenizo. Ni todo se está haciendo mal, ni nos hemos quedado sin opciones ni nos encontramos ante el último tren para acabar con el capitalismo. Son muchas las muestras que nos dan pistas hoy tanto de lo que tendríamos que evitar como de aquello en lo que tenemos que invertir más esfuerzos. No deja de resultar curioso que quienes mejores resultados están obteniendo en estos aspectos son grupos que de ninguna manera se han preocupado de si denominarse anarquistas, comunistas o del Frente Popular de Judea. Me refiero evidentemente a la PAH y las plataformas y asambleas de vivienda, a Yo Sí Sanidad Universal, a las redes de acogida de refugiadas, y a un sinfín de grupos de apoyo mutuo y colectivos de solidaridad ante quienes muchos palideceríamos por la contundencia y aciertos de su trabajo. Muchas las lecciones que aprender y mucha la humildad que alimentar. En definitiva, teniendo los pies en la calle y menos pisándonos los unos a los otros parece que algo sí podemos hacer.

Desde luego, no solo fuera de las instituciones se ha descuidado la Historia. La deriva institucional de los movimientos sociales (o el dirigismo de estos por parte de algunas personas para acercarlos a lo institucional) parte del error de no reconocer los intentos pasados de tomar esta vía para poner el Estado al servicio de la clase trabajadora. Algo de lo que ya advertía el propio Marx a raíz de la experiencia de la Comuna de París, pero que parece que siglo y medio después algunos se empeñan en retomar. Sería legítimo entonces preguntarnos si esto se da por desconocimiento o ingenuidad, lo cual sería extraño, pues tenemos a las principales figuras de estos partidos por personas leídas e instruidas; o quizás sea debido a cierto afán de poder y de mejora de la situación de solo unos pocos. El tiempo nos irá diciendo.

En cualquier caso, por uno u otro motivo, la nueva propuesta de asalto de las instituciones ha debido de tocar algunas de las teclas correctas, pues en poco tiempo ha conseguido un impulso sorprendente y, pese a que de repetirlo lo hagan pesado, ilusionar a mucha gente con la posibilidad de un cambio en sus condiciones actuales. Bien es verdad que el cambio prometido se asemeja muchísimo a lo que ya había, a aquellos años dorados del capitalismo y su Estado del bienestar que la mayoría de sus votantes ha gozado y anhela. Nuevamente, volver hacia atrás no es posible. No es una cuestión de voluntad, sino de materialidad. Si no son capaces de responder satisfactoriamente una vez que se muestre que no es posible recuperar esos años dorados la decepción está cantada. Al contrario de lo que algunos piensan, esta decepción no va a llevar indefectiblemente a que esta gente se interese repentinamente por posturas políticas cercanas a la nuestra. Es posible que sí, pero también es posible que ese vacío sea aprovechado por la extrema derecha para capitalizar el descontento, o bien puede que surjan otras propuestas similares a las ya desechadas. Que podamos fortalecer el proyecto emancipador depende de nuestra capacidad para intervenir sobre ese vacío y de responder a las necesidades del momento. Dotarnos de estrategia y no solo de inamovibles principios es necesario.

En definitiva, conviene dar al presente la mayor importancia, pues mirando solo en el pasado poco podremos ver de lo que tenemos por delante. Estrategia, calle, confrontación, realidad, serían algunas de las ideas que consideraría más importantes no de este texto, sino de lo que debería ser la acción para construir el comunismo.

Colectivo Brumario – El fracaso como forma política

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Una respuesta a “El fracaso como forma política

  1. ¡Hola!

    Muy pertinente esta reflexión. Ya lo dijo Einstein, “si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

    Cada época tiene sus circunstancias, y debemos adaptarnos a ellas si queremos conseguir algo.

    Me gustaría dejar aquí una propuesta para esa “estrategia” de la que debemos dotarnos, sí o sí.

    http://noalregimendel78.blogspot.com.es/p/blog-page_79.html

    Aunque en muchos aspectos es más de lo de siempre -hay cosas que hay que hacerlas, por narices, sea la época que sea-, incluye una innovación: la creación de un catalizador que podría mejorar, y mucho, las posibilidades de sacar adelante una revolución con el resultado que queremos.

    ¿Qué os parece?

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