Europa, deuda y derrota

Parte III. – 23/07/15
Colectivo Brumario – Francisco D.

La situación para el proletariado griego se encuentra en uno de sus puntos más complejos, cuando las posturas críticas se veían puestas en cuestión los defensores de la vía institucional han pactado un endurecimiento de las condiciones de vida de la mayoría de la población griega durante años y sacrificando buena parte de los movimientos existentes en Grecia a merced de la “política para adultos”. Muchas son las diferencias entre contextos tan distintos, pero la cuestión de la deuda, la negociación con la Unión Europea y un posible “gobierno por el cambio”, nos hace intentar examinar los elementos que nos puedan ser de utilidad para intervenir en nuestras realidades más cercanas. Retomamos así el debate respecto a la cuestión griega, bajo la condición que debe ser tenida en cuenta que los tiempos y las urgencias de nuestro análisis son a mucho más corto plazo y algunas de las cuestiones que se plantean pueden estar caducas en poco tiempo.

El 5 de julio no ganó “el pueblo griego”.

Parece constatarse que la reiteradamente prometida falta de plan B del gobierno de Tsipras era una lamentable verdad, que creía que tan solo con un poco de actitud espartana, gallardía de izquierdas y el respaldo de un referéndum aconstitucional, sería capaz de jugar la baza de negociador con recursos y avales suficientes. Honestamente creemos, que ha sido un golpe de bruces contra el duro muro de la realidad; la realidad de los memorándums, la austeridad y la alianza sólida entre burguesía financiera e instituciones europeas, ante la que las herramientas institucionales se han demostrado poco fructuosas.

Que el gobierno griego creyera que el resultado en el referéndum le respaldaría frente a los negociadores de las instituciones que les financiaban demuestra que no fueron valorados elementos cruciales, aquellos como la primera cuestión a tener en cuenta en el establecimiento de una negociación en términos de diálogo: manejar el mismo lenguaje. Partiendo de la premisa por la que se entendería que el gobierno encabezado por Varoufakis y Tsipras iban con las mejores intenciones, habría sido un error intentar convencer a los representantes de la facción financiera de la burguesía con poco más de tres millones y medios de votos. Los acreedores no han hecho más que traducir a cuanto sale cada papeleta de “OXI” con respecto al total de la deuda; y todos sabíamos que siempre iba a ser demasiado cara, y especialmente ahora.

A pesar de esto y de ser una constante en la historia del siglo XX, los ilusionados defensores de los cauces institucional-democráticos han creído que en el siglo XXI, en contextos similares, con condiciones idénticas y causas semejantes se obtendrían resultados diferentes. Lo que ya sería preocupante, ¡e incluso nos haría sospechar de sus buenas intenciones!, sería que a pesar del estruendoso fracaso de los planes de negociación, de ser ajustados a la normativa europea y de constituirse exclusivamente sobre un nicho electoral ni siquiera mayoritario, se siguiera insistiendo, en España y en Grecia, en tomar el mismo camino y seguir el mismo cauce que les ha llevado al fracaso.

Poner el foco en la ciudadanía y lo nacional.

El institucionalismo progresista se ha visto forzado, en tanto que el objetivo es “ocupar la centralidad del tablero”, a situarse en el espectro de posiciones que son compartidas mayoritariamente. Sería un replanteamiento de los catch all party, instalados en el mensaje de la transversalidad, intentando atravesar los múltiples y dispares elementos morales, ideológicos y materiales de la sociedad, pareciendo no haberse percatado que estableciendose en el seno de las organizaciones como Podemos la política de “lo posible” y de lo “realmente existente”: de lo que es hegemonía, les constituye como organizaciones de “lo posible”, de lo “realmente existente”, aunque no en organizaciones hegemónicas. Sería lógico pensar en este sentido que con las herramientas de conservación no se pueden llevar a cabo las tareas de la transformación.

La confianza en la política institucional, en sus mitificaciones y valores fundacionales ha sido asumida por la inmensa mayoría de las tendencias institucionalistas, quienes se han creído que son fundamentales para el “proyecto europeo” la democracia, la fraternidad entre naciones y la justicia. Así el entusiasta vividor crítico de las instituciones de las que parasita descaradamente desde hace décadas (http://ctxt.es/es/20150715/politica/1836/%C2%A1Estamos-haciendo-dinero-a-costa-de-los-griegos!-Grecia-rescate.htm), Daniel Cohn-Bendit, llama alegremente al consenso y al entendimiento entre naciones, retomando ese vomitivo eslogan que berreaban los empresarios en 2010 a comienzos de la crisis y que versaba: “de esto solo salimos entre todos”; como si las implicaciones que tienen empleado y empleador fueran las mismas. Esto nos lleva a pensar que no han comprendido, o no han querido hacerlo, una cuestión aparentemente básica pero fundamental, sólo entre iguales y semejantes sería posible el consenso, mientras que es inherente el conflicto en las relaciones de desequilibrio y de la desigualdad. Es lógico por tanto que a un jubilado griego o a una parada de larga duración les provoque náuseas que se les diga que realmente tienen los mismos intereses que los banqueros franceses o alemanes por el simple hecho de ser europeos.

Sin embargo, tras todo esto, llegamos a algunas conclusiones abiertas, sin desenlace. Y por lo tanto cabría plantearnos, que dado, como han planteado Tsipras o Iglesias y Errejón, las instituciones están secuestradas y vendidas, dejando nulo espacio a la acción política desde el seno de los mismos gobiernos y que la toma de decisiones está predeterminadas por instancias no democráticas, ¿para qué es necesario “asaltarlas”, “ocuparlas” o “instalarse” en ellas por tanto?

Podría plantearse que se han visto superados el modelo socialdemócrata y las vías reformistas, al menos en sus formas. No son válidas ni consistentes las tesis clásicas de estas tendencias ante un momento de fluctuaciones de los indicadores económicos tremendamente agresivas y cambios de ritmo inasumibles por el crecimiento paulatino y mantenimiento de las condiciones y mediciones macro aletargados por el endeudamiento expansivo y por los ritmos de crecimiento económico industrial característicos de los modelos expansivos keynesianos y neokeynesianos. Es necesario que se replanteen nuevas tesis para que el reformismo sobreviva. Se demuestra que no es posible realizar políticas públicas, ni aprobar normativas que supongan una elevación inmediata de las condiciones de vida de la mayoría de la población, especialmente aquellas relacionadas con el trabajo, cuando el ciclo económico pasa períodos de crisis, cada vez más repetidos y duraderos.

Es el caso de mayor contundencia y de evidencia más estruendosa la cuestión del compromiso griego con respecto al tercer rescate, pero en apenas dos meses el acceso a los plenos municipales, alcaldías, asambleas autonómicas y presidencias de comunidades, los institucionalistas españoles se han encontrado con problemas de la misma categoría aunque por lo pronto mucho menos graves. Algunos ya han examinado ésto con más detalle (Empieza el Show I y II: https://www.diagonalperiodico.net/blogs/equilibrismos), sin embargo cabe mencionar que el caso del mobile World Center de Barcelona, los intentos fallidos de frenar deshaucios en Cádiz o la caída de propuestas (y concejales) antes de llegar en el pleno en Madrid son un ejemplo escalado de la cuestión que tratamos con respecto a Grecia.

Hacer frente al capital internacional; con respuestas de lo cotidiano.

La aceleración de los ritmos sociales y la renovación constante de los dispositivos en el marco del hiperdesarrollo de las sociedades contemporáneas tienen una dimensión dual: mientras que limitan muchas de las capacidades y evitan las condiciones para su supresión y superación a través la atomización y el aislamiento, del control exacerbado, o la codificación normativa absoluta de todos los aspectos de la vida; es capaz de presentarse como un sujeto único pero heterogéneo, fuerte y sin embargo susceptible y temeroso a los “horrores” como el terrorismo internacional, la mafia internacional o los diferentes traficantes internacionales, amenazas dualmente internas y externas, presentadas como lo suficientemente presentes en el seno de nuestras sociedades como para tener miedo, lo suficientemente alejadas social o geográficamente para no hacer nada al respecto.

De la misma manera que aquello que la izquierda ha venido llamando el “discurso del miedo”, ésta misma ha instalado sus propias elaboraciones temerosas, y a veces incluso conspiranoides, sobre la incapacidad de hacer frente al nuevo leviatán, el de la economía financiera global. Ante los fracasos más que frecuentes de dicha izquierda, se recurre al aliviado asunto de la alianza internacional de “ricos y poderosos” para justificar la delatada incapacidad y debilidad.

Sin embargo, se plantea como necesario reactivar el conflicto con un carácter cotidiano, de lo inmediato, atendiendo a las características intrínsecas de cada coyuntura y circunstancia, permitiendo así establecer una red extensa en el territorio y compleja en las formas, pero inmersa en las múltiples realidades, no solo locales en términos geográficos sino a las especificidades del terreno sobre el que nos desenvolvemos. ¿Acaso enfrentarte a tu alcalde, decano o jefe que te jode es menos útil que hacerlo a Schäuble o Lagarde? Todo lo contrario.

Sería interesante por tanto, dotarnos de herramientas que sean capaces de golpear de manera simultánea y contundente, siendo conscientes de la necesidad de favorecer a los intereses del proletariado internacional y no de las fragmentadas burguesías nacionales, quienes no hacen más que ver ventanas de oportunidad en cada atisbo de oposición a la gran burguesía internacional. Con esto no queremos una vuelta a la soberanía nacional, sino su superación.

PDF: Colectivo Brumario – Europa, deuda y derrota

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