El espejo griego

Erik el-B. Colectivo Brumario

Ante la emergencia de fenómenos electorales por la izquierda, es común escuchar que los gobiernos anti-austeridad son una etapa que “hay que quemar” para que florezcan sus contradicciones internas. Entonces y sólo entonces, las masas vendrán a preguntarnos qué es eso de la sociedad sin clases. ¿Se plantea realmente esa vía como estrategia colectiva o tan sólo resuena como consuelo?

Preparar una revolución, o empezar a sentar las bases para ello, no es como pedir la vez en el mercado del barrio. No parece demasiado probable que sin un trabajo previo a la “gran decepción”, fuese el turno de capitalizarla de quienes abogan por un cambio sustancial en sus condiciones de vida. En otras palabras, tenemos enfrente una serie de tareas de preparación subjetiva para la ruptura para las cuales no existen atajos.

En Grecia, entre las elecciones generales de mayo de 2012 y las elecciones generales adelantadas de junio 2012, el KKE pasó de su mejor resultado en veinte años (8.5%) a su peor resultado histórico (4.5%). El partido que ahora gobierna, Syriza, ganó en ese mes medio millón de votos, que se sumaron al otro medio millón que había captado desde 2009.

Es evidente que el cambio abrupto de tendencia en los apoyos del Partido Comunista de Grecia tuvo varias causas, entre las cuales estaría su posición paranoica frente a fenómenos como el movimiento de las plazas o su desvinculación de las manifestaciones contra las políticas de austeridad. No obstante, es importante atender a la cuestión precedente: en un momento de movilización popular sostenida en que estaba sobre la mesa la cuestión de tumbar al gobierno, el KKE se hunde y Syriza se afianza porque donde el primero declara abiertamente que el capitalismo no puede ser reformado, el segundo se presenta como una alternativa de cambio sin ruptura.

No es una defensa de la coherencia del KKE, caracterizado por su esclerosis antes que por su radicalidad, ni tampoco de la capacidad de Syriza de hacer un diagnóstico de las condiciones subjetivas. Sino un recordatorio: hacer emerger una perspectiva de ruptura que merezca la pena, sigue siendo una tarea pendiente.

Si bien nuestra apuesta no pasa por la vía institucional, sería infantil alegrarse del escaso margen de maniobra del nuevo gobierno griego en las negociaciones con la troïka, porque es un reflejo, aunque adulterado, de los márgenes actuales de la lucha de clases en Grecia. No olvidemos además que el grado de movilización y de conflictividad laboral en este ciclo ha sido mayor que en España. A pesar de ello, los sectores populares en Grecia están en una fase de repliegue, que podemos esquematizar en tres partes:

1) La apuesta mayoritaria por la vía electoral de Syriza,
2) experiencias locales incapaces de frenar la tendencia general al empobrecimiento,
3) y en paralelo, una pérdida de confianza en la acción colectiva, que no es producto del ascenso de Syriza sino de la constatación de las pocas victorias obtenidas en estos años.

Entre tanta metáfora política, es una odisea saber si “el miedo está cambiando de bando”, si “el régimen se tambalea” o si por el contrario, Podemos y Syriza estarían “apagando el fuego”. ¿Existe miedo en las élites por la aparición de gobiernos, o futuros gobiernos anti-austeridad en el sur de Europa?

Sería conveniente que además de repetir conceptos que sintetizan mucha información en poco espacio, fuéramos capaces de proponer un análisis de la coyuntura que trascienda la urgencia militante. Partimos de la base de que por desgracia no vivimos tiempos de revolución a corto plazo. Pero sí de contradicciones entre una facción de la burguesía con intereses vinculados a los mercados internos y una burguesía organizada ya supranacionalmente. Esta dinámica, que no lo explica todo, suele aparecer muy simplificada, generando así una asociación automática que es errónea entre oligarquía nacional y economía productiva por un lado, y oligarquía supranacional y economía financiera, por otro.

Una visión tan compacta de las contradicciones en campo enemigo sienta las bases para un programa neokeynesiano de supuesto rescate de la soberanía que apunta a las consecuencias y no a las causas de la crisis. Como si la razón de que los capitales hayan tendido a refugiarse en las burbujas especulativas en lugar de invertirse en la esfera productiva haya que buscarla en el colaboracionismo de gobiernos títeres, y no en aquellos condicionantes estructurales que tienen que ver con las nuevas formas políticas y económicas que se da el capital para resolver sus crisis de valorización.

La burbuja electoral griega, por su parte, comienza a desinflarse el 4 de febrero, cuando el Banco Central Europeo anuncia que detiene la refinanciación de los bancos griegos negándose a aceptar bonos de deuda mientras desata una fuga de capitales de 2 billones de euros por semana. El 20 de febrero el gobierno de Syriza acepta el chantaje y firma un acuerdo con las instituciones europeas por el cual se compromete a no aplicar su programa.

Cabe mencionar a Stathis Kouvelakis, miembro del comité central de Syriza, en relación al acuerdo: “El gobierno de Syriza no tendrá así otra opción que trabajar dentro del marco del Memorando de Austeridad. Los pequeños cambios que puede hacer, que sin duda serán mejoras, no tendrán éxito en la transformación de la situación económica y social totalmente desastrosa. Esto va a defraudar las esperanzas y expectativas que el electorado popular ha colocado en Syriza”.

Si no entendemos que tanto detrás de la debacle del bipartito griego, como en el ascenso de Syriza, está la fuerza del ciclo de movilizaciones populares, con sus limitaciones, tenemos un problema serio de identificación de la propia potencia. Algo parecido aunque no idéntico ocurre con el ascenso de Podemos. ¿Qué línea de intervención deberíamos adoptar quienes nos consideramos anticapitalistas ante la llegada de un futurible gobierno que defendiese un programa de emergencia social?

Si la pregunta es recibida como un ejercicio de política-ficción es porque resulta incómoda de plantear en ciertos espacios acostumbrados a pensar la transformación social sólo como un trabajo de hormigas que discurre tranquilo y constante. No parece que nos encontremos en una coyuntura pre-revolucionaria pero sí en un período de aceleración histórica capaz de producir saltos rápidos en tiempos cortos. Ello no implica tirarse por ninguna ventana de oportunidad que nos obliga a posponer la organización popular en favor de una supuesta acumulación de fuerzas, que termina en acumulación de votos sin el barniz leninista.

Es necesario amplificar el debate en marcha entre quienes entienden que la confianza en las propias fuerzas es el único camino, pero que en ocasiones habrá que empujar las contradicciones del enemigo desde una agenda política que no hemos elegido. Habrá que tener una posición identificable con respecto a la deuda, con respecto a la Unión Europea y con respecto a los programas que se postulan como alternativa social a la crisis. Para ello, desde Colectivo Brumario presentamos una breve propuesta de orientación táctica:

1.
Defensa independiente de aquellas medidas progresivas del llamado “programa de emergencia”, que son el resultado de consensos generados durante el ciclo de luchas contra la austeridad. Sobre la base de desenmascarar el carácter restringido a unos intereses de clase que no son los de las capas populares.

2.
Llamamiento a la movilización contra cualquier acuerdo entre gobierno y acreedores, en cuanto supongan un obstáculo objetivo para el desarrollo de las medidas de urgencia en favor de las capas populares. Incluidos aquellos en que prevalezca la permanencia en la Unión Monetaria sobre el programa de emergencia.

Colectivo Brumario – El espejo griego

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