¿Y ahora qué?

Francisco D. Colectivo Brumario

Una coyuntura vertiginosa

Desde las posturas de oposición no institucionalista a Podemos y que habitualmente habían tenido un ánimo autodefinitorio de posiciones rupturistas, se evita y esquiva una pregunta compleja y abrumadora para aquellos que nos hemos visto, siendo sinceros, desbordados y desorientados tras la constitución y consolidación de Podemos fundamentalmente pero también de otras propuestas como Ganemos, pronunciándose estas formaciones en su desarrollo y puesta en marcha (especialmente la primera) como fuerza política de gestión y de desenvoltura en el ámbito institucional, cooptando en buena medida movimientos, que si bien no podrían catalogarse ni mucho menos como revolucionarios, sí podríamos tener en consideración su carácter popular; esta situación se verbaliza escuetamente de la siguiente manera: “¿y ahora qué?”. Esta pregunta provoca vértigos y lleva a reflexionar sobre la salida de la zona de confort (aunque esta no haya sido nunca precisamente paradisíaca ni frenética), nos obliga a replantearnos sobre la limitación de los márgenes de maniobras en los que nos movemos, del desarrollo de las actividades que componían nuestra agenda, acciones y repertorios y sobre aquellos aliados circunstanciales con los que se trabajaba en los espacios construidos y heredados por los movimientos. Ya que si algo está claro de esta historia, es que son muchos los que se han subido al carro de la “experiencia institucional”.

Si podemos señalar un aspecto positivo del momento de reconversiones y reformulaciones en el que nos encontramos es que el ascenso de Podemos y la constitución de nuevas apuestas centradas en lo electoral y la gestión institucional ha supuesto un revulsivo y obliga a replantear diversas cuestiones a los entornos que tras el 15M habían vuelto a las viejas costumbres a las que nos habíamos habituado en los años 2000, cuando la expansión de la economía financiera, la habitual compra de vehículos de lujos como expresión del consumismo acelerado relacionado con un enaltecimiento del trabajo y del amor obsesivo a éste como nos anunciaba Lafargue y la mediatización de los ritmos de vida desbordantes donde los brokers eran esbozados como aventureros e inteligentes profesionales de las finanzas, nos hacían ridículos al hablar de críticas al trabajo asalariado, anticapitalismo o autoorganización de carácter obrero. Si bien estas costumbres podrían haber tenido que ver en su día con un aislamiento autorreferencial y unas dinámicas de endogamia sectaria militante, no debemos recoger la injurias ni aceptar los planteamientos que no diferencian entre la construcción de unos códigos (lingüísticos y de comportamiento) para grupos reducidos e indescifrables para el resto, con la cimentación de elementos de ruptura constituyentes de una oposición real anticapitalista al desarrollo de la normalidad, aunque ésta haya sido y esté siendo a veces reducida, lenta e inestable; es cierto que queda mucho por hacer, pero por hacer bien. Mientras que en el primer grupo estaría el ánimo alternativista de apariencia disruptiva pero incapaz de alcanzar las raíces más profundas y el enaltecimiento estéril de simbología y relatos históricos infructuosos sin el establecimiento de conexiones de ningún tipo más allá del ámbito conocido, el segundo estaría diferenciado por una capacidad efectiva de participar de las mejoras de las condiciones materiales en lo cotidiano y común, el cuestionamiento serio y no figurativo de lo establecido y la construcción de lazos y redes de solidaridad atendiendo a condiciones de vida similares en espacios compartidos.

En definitiva esto se traduce en que nos encontraríamos en un escenario que supone un momento de lucidez, en el que nos percatamos de que no hemos sido capaces de aceptar que de nuevo hemos sufrido una derrota y que hemos perdido la orientación, así como la evidencia de una incapacidad manifiesta de elaborar propuestas que tengan capacidad de aglutinar más allá de los habituales, tirar de agenda o que nos lean amigos y familiares. En buena medida, entendemos que la insistencia y la línea de los planteamientos por parte de los detractores de Podemos en evidenciar cuáles son las debilidades, traiciones, imposturas y la amenaza que supone para los movimientos (ya casi inexistentes y prácticamente desarticulados) y las escasas políticas de ruptura que aún quedan, es una expresión del desconcierto que tiene mucho que ver con una ilusión idealista de lo político y lo social, la cual está más íntimamente relacionada con cuestiones de fe y esperanza mística que con una perspectiva analítica y materialista.

En este sentido, la política acusada de, y a veces obtusamente celebrada como, “izquierdista” se ha visto desbordada por la incomprensión de las derivas de algunos de sus antiguos compañeros, ante los métodos faltos de moral y de ética, como si fuéramos jóvenes seminaristas que confiaban en la humanidad y bondad de sus compañeros y nos hemos visto defraudados por la debilidad de estos a la hora de incurrir en pecados carnales. No debemos olvidar que muchos de los miembros de Podemos en pueblos o barrios siguen, en este sentido, sufriendo de la misma incapacidad, esperando que de las potencialidades de lo popular den redito y “sean capaces de desbordar” ante las ventanas de oportunidad que se abren en “una cosa más grande y de aspiraciones mayores”.


El fenómeno Podemos, un “fenómeno de farsas”.

Podemos, en su evolución como actor clave en la política de lo institucional ha aportado y profundizado en uno los aspectos de los cambios de paradigma que se ha dado de manera paulatina y casi imperceptible en el entendimiento de la política como un ánimo de espectacularidad, incidiendo en lo teatral y haciendo gala de lo atractivo, donde los fuegos artificiales brillan, nos encogen los corazones los giros argumentales y se aplauden las brillantes actuaciones de los luminosos platós televisivos y concurridas ruedas de prensa. Nadie hace nada para sí, uno dice todo por los demás.

Todos conocemos, y las estanterías de la Casa del Libro menos expoliadas lo confirman, que existen multitud de teorías dignas de Risto Mejide o cualquier profesor enchaquetado pero joven y moderno de universidad privada, sobre aquello que llaman el “marketing político”, la redacción de discursos y la elaboración de perfiles para casar con el “cliente” electoral, las cuales tratan de trasladar los comportamientos de la fetichizada mercancía y sus intercambios al de los seres humanos y sus relaciones. El “compa” Iglesias (como se apelan los jóvenes activistas con sensibilidad social) y su camarilla han sido notablemente felicitados por “expertos” en publicidad y política dada su capacidad para que buena parte del electorado haya pasado a valorar la actividad política en estos términos, dejando de lado afiliaciones y afinidades inherenetemente subjetivas, los posicionamientos políticos “a priori” y las sensibilidades en las que nos movíamos hasta ahora, además por supuesto de aquellas condiciones que nos determinan como clase, para dar paso a una valoración “formal” y “objetiva” del buenhacer de la profesión de lo político. Como aquellos profesores de escuela que defendían su imposible imparcialidad diciendo que les daba igual lo que pusierais mientras estuviera bien justificado, expuesto y redactado. Casi ha pasado a ser para estos electores evaluadores hechos de poca importancia que odies a los negros o que tu madre sea boliviana, que cobres 300€ por trabajar 35 horas semanales en un bar donde el dueño te acosa a ti y a dos compañeras más o que seas ese dueño repulsivo, que seas un parado de larga duración o que en tu “pequeño” negocio contrates de manera sucesiva de tres meses en tres meses a no cualificados para pagar menos. Esto no quiere decir que estas percepciones subjetivas se hayan agotado o hayan dejado de existir, sin embargo, en el ámbito electoral la puesta en escena se convierte en un factor que gana terreno a lo que tradicionalmente se había considerado la “subjetividad ideológica”. Pero no debemos perder de vista que tenemos que entender como percepciones subjetivas la valoración positiva de la apariencia “profesional pero que deja atrás lo anterior” que ofrece Podemos, desde una concepción de la llamada “pospolítica”, enmarcada en el posibilismo institucional y dentro de los márgenes que ofrece la gestión, como si fuera un problema de gestionar mejor o peor o de una forma u otra y no la lucha de clases.

Esto pone de manifiesto aquello que se viene planteando desde largo tiempo, pero que alguno de los que enarbolan la bandera del análisis materialista no han conseguido entender, como la joven guardia roja neo-estalinista, quienes no consiguen comprender que algunos de los trabajadores que sufren “de las garras del capitalismo” voten a quienes le han traicionado y han empeorado sus condiciones objetivas de vida, crean en la iniciativa privada y el libre mercado y disfruten con los “esputos” de Carlos Herrera, siendo estos (siempre autoproclamados) “herederos de la verdadera ortodoxia marxista” incapaces de comprender que las condiciones materiales son importantes, pero no determinantes, como habrían planteado e insistido, aunque con diferencias, desde Marx hasta Althusser, pasando por Engels, Lenin, Lukacs o Gramsci, entre muchos otros. La subjetividad está en su terreno cada día más.

Es por tanto necesario hacer una caracterización de las orientaciones que se dan de un tiempo a esta parte. Una de las cuestiones que nos lleva a valorar la importancia de esto es el salto desde los planteamientos del 15M a sus expresiones hoy, no entendiendo esto como un determinismo histórico en el que “como el 15M tuvo esas características, entonces y como consecuencia directa pasa esto”, sino que el desarrollo de los eventos, acciones y circunstancias, pero sobre todo de la toma de decisiones y la correlación de fuerzas estamos en estas. En definitiva esto nos hace también plantearnos sobre la naturaleza misma de los procesos que se dieron tras el 15 de mayo de 2011 y de los grupos que se conformaron, o al menos de una buena parte de estos. Uno de los eslóganes en torno a los que más se teorizó y que fueron más enérgicamente repetidos y plasmados, ha cambiado su interpretación, o más bien, ha acabado definiendo su sentido. ¿Qué querían decir con el “no nos representan”? Cabe plantearnos con esta pregunta si el genoma del 15M pudo haber tenido una aspiración autoorganizativa que trascendiera de los cubos de agua (“zumo de nubes”), los bocadillos o los turnos de palabra en las interminables discusiones en las plazas o, si sin embargo, era una simple reivindicación de la concepción liberal de la política, basada en el relevo, la renovación y la voluntad de “aire fresco” y obsesionada con el “progreso”.

Los salvaguardas de la izquierda alternativa venidos a menos

Entre esos viejos amigos de los que hablábamos, se encuentran aquellos que un día se postularon como salvaguardas del movimiento obrero, del vanguardismo militante y defensores de la heterodoxia, sin embargo arraigada en los fundamentos marxistas, pero que apostataron sin pensarlo dos veces de la política de ruptura y de posiciones avanzadas de clase, para pasar a compartir las posiciones que maneja a día de hoy y que ha venido ocupando el grupo que asume la dirección de Podemos, con la esperanza yerma de “ocupar” las instituciones y con el vomitivo lema de “cambiar las cosas desde dentro”, refiriéndose a Podemos y al capitalismo mismo, creyendo de manera obtusa que es suficiente accediendo a una parte de sus elementos superestructurales.

Muchos de estos grupúsculos organizados en torno a asociaciones universitarias de distinta ascendencia, agrupaciones inspiradas en la autonomía italiana pero que pretendía el rechazo de lo institucional, partidos provenientes de distintas inspiraciones anti-estalinistas o movimientos sociales de los cuales su característica principal era no ser masivos y suscitar poco interés, se mostraban contundentes en sus críticas a los que consideraban “compañeros equivocados de Izquierda Unida o Comisiones Obreras”, a quienes criticaban repetidamente “que no se habían dado cuenta que el camino institucional no era la vía correcta y que había que estar en las calles”, en las que por cierto, era difícil encontrar a alguno de ellos, aunque hoy es imposible.

Sin embargo, el arrepentimiento y la vuelta a las posiciones dignas han llegado, aunque no sabemos si para quedarse. Se han sumado a las críticas que se venían haciendo desde un principio desde fuera de Podemos, como la falta de apertura en la toma de decisiones, el carácter de careta democrática y no de elemento base organizativo que tenían los Círculos, el abandono de las cuestiones de género, la composición social que tiene la dirección o la falta de contundencia en cuestiones que se revelaban claves para la izquierda, entre otras muchas. Lo curioso de todo esto, es que la llegada de las posiciones honestas, honradas, humildes y democráticas no llegan ni un día más tarde ni más temprano que cuando son apartados definitivamente de las aspiraciones a cualquier órgano de dirección (al menos la confirmación formal y legal-estatuaria de esto, lo que de facto ya ocurría) y cuando se hace tangible que la dirección de esta organización ha blindado sus puestos, haciendo imposible la entrada (que no la salida) de opiniones, críticas, sucesiones, posicionamientos, aportaciones, etc. en lo que no es más una caricatura deformada del centralismo democrático, como algunos aún tienen la desvergüenza de defender.

Con estas líneas no solo nos referimos a, los que están tan aplicados a su nueva tarea de pegar carteles, los antiguos defensores de un marxismo heterodoxo (tan heterodoxo que apenas contenía trazas) o aquellos que se manejaban en el ámbito de lo libertario, sino a todos aquellos que ocupaban posiciones izquierdistas “en el tablero”, pero que a la hora de la subida de la marea decidieron apostar por posiciones más “maduras y realistas” y con las que además se podría llegar a tocar asiento de cuero.

¿Y ahora qué?

Žižek en “Primero, como tragedia, después como farsa” planteaba una anécdota que nos puede ser útil:

“En los viejos buenos tiempos del Socialismo Realmente Existente, entre los disidentes había un popular chiste que se utilizaba para ilustrar la futilidad de sus protestas. En el siglo XV, cuando Rusia estaba ocupada por los mongoles, un campesino y su mujer estaban andando por un polvoriento camino; un guerrero mongol a caballo se detiene a su lado y le dice al campesino que va a violar a su mujer; a continuación, añade: «Pero, como hay mucho polvo en el suelo, debes sujetar mis testículos mientras violo a tu mujer, de manera que no se ensucien». Una vez que el mongol ha realizado la acción y se aleja cabalgando, el campesino empieza a reírse y a dar saltos de alegría. Su sorprendida mujer le pregunta: «¿Cómo puedes estar dando saltos de alegría, cuando he sido brutalmente violada en tu presencia?». El agricultor responde: «¡Pero le he fastidiado! ¡Tiene los cojones llenos de polvo!».

Esta triste broma revela la difícil situación de los disidentes: pensaban que estaban asestando serios golpes a la nomenklatura del partido, pero todo lo que hacían era ensuciar ligeramente los testículos de la nomenklatura, mientras la elite en el poder continuaba violando al pueblo… ¿No está la actual izquierda crítica en la misma posición? (entre los nombres contemporáneos para desprestigiar con más ligereza que nunca a aquellos en el poder, podríamos incluir la «deconstrucción» o la «protección de las libertades individuales»). En un famoso enfrentamiento en la Universidad de Salamanca en el año 1936, Miguel de Unamuno se descolgaba diciendo a los franquistas: «Venceréis, pero no convenceréis»; ¿es eso todo lo que la izquierda puede decir actualmente al capitalismo global triunfante? ¿Está la izquierda predestinada a continuar desempeñando el papel de aquellos que, por el contrario, convencen, pero, a pesar de todo, siguen perdiendo (y que son especialmente convincentes en explicar retroactivamente las razones de su propio fracaso)? Nuestra tarea es descubrir cómo dar un paso adelante. Nuestra Tesis 11 debe ser: en nuestras sociedades, los izquierdistas críticos hasta ahora sólo han conseguido ensuciar a los que están en el poder, cuando de lo que se trata es de castrarlos…”

Entendemos que el debate que algunos exigían que debía ser tenido sobre si tiene sentido utilizar y dar la batalla desde las estructuras internas de Podemos ha perdido su vigencia. Se ha demostrado de manera contundente que no hay lugar para la puesta en cuestión de la orientación de esta organización.

Somos incapaces de dar una respuesta mesiánica sobre la cuestión del retroceso de las posiciones de ruptura y de cuáles son las estrategias y tácticas concretas que han de ser puesta en marcha, sin embargo, entendemos que es el momento de abrir nuevos debates capaces de cuestionar seriamente estas orientaciones y mantener una participación activa en aquellos espacios de brecha que se abren como fueron y son la lucha contra los desahucios, Gamonal o la huelga de la basura en Madrid, pero que, sin embargo, de manera aislada sólo supusieron anécdotas que no permiten tejer un hilo conductor que sirvan para la construcción de un horizonte transformador.

Es momento de poner en cuestión la política obnubilada con lo electoral y la gestión institucional insistiendo en que el desarrollo y proliferación de estos espacios, dado su carácter (consciente o no) de ruptura, es capaz de acercarnos a procesos con capacidad transmutativa que se aleje de la mera apariencia y espectacularidad de los platós, los procesos congresuales y la política de alianzas electorales.

Colectivo Brumario – Y Ahora Qué

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